Belén Maya

Triunvirato de arte

photo ©Festival de Jerez/ Javier Fergo

Baile, cante y toque. Cante, toque y baile. Toque, baile y cante. Belén Maya, Jesús Méndez y Rafael Rodríguez. Más el conductor Felipe Mato con las palmas y detalles de pies que solapaban las transiciones. El flamenco concentrado en su mínima expresión. En sus tres vertientes. Con tres grandes artistas. Tres estilos peculiares cuyo maridaje proporciona grandes momentos. Tres vértices de un triángulo isósceles. O escaleno. Nunca equilátero, puesto que cada punta se extiende en momentos de mayor protagonismo. Porque en ‘Tr3s’, el nuevo espectáculo de Belén Maya, prima todo. El cante enduendado de Jesús Méndez , la guitarra morisca y añeja de Rafael Rodríguez y la identidad personal de la danza de Belén Maya. Donde cada artista se empapa del clima de la propia obra. Que va generando una atmósfera de impresiones evocadoras. Con esa zambra inicial que almibara la garganta de Méndez y que Rafael Rodríguez la traslada a épocas pretéritas para que la bailaora la ondule abrazando la bata de cola.

O en la alegrías, rematadas con un baile sutil, a la vez que mesurado. Prefacio de la jonda soleá de Jesús Méndez. Siempre escoltada por la magistral bajañí de Rodríguez. Con una puesta en escena sencilla y efectiva. Máxime tratándose de la Sala La compañía, segundo espacio escénico donde se llevan a cabo los espectáculos del Festival.

Luego llegarían los tangos devenidos a tientos. Cuya puerta abre el timonel Mato. Para que el triunvirato conforme la génesis. Con una danza de aristas y angulaciones rectas. Que fluyen hacia el taranto gracias a la sonanta de Rafael. Los vértices se extienden y se contraen. De nuevo prevalece el cante por bulerías. Los tres hombres en escena.

El montaje prosigue por seguiriyas. Méndez cambia de tercio por romance antes de que la bailaora aparezca con bata de cola blanca y mantón para bailar la caña. De múltiples movimientos dulcificados por los “pizzicatos” de la sonanta. Belén Maya se desplaza con brío por las diminutas tablas con un lenguaje corporal acreditado que apostilla en la soleá por bulería final donde la luz se desvanece con el braceo en aspa de la talentosa bailaora. En un éter de recogimiento e intimidad que prevalece a lo largo de toda la obra.


Carlos Sánchez, le 09/03/2011

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