Compañia Javier Latorre

Mucho reloj, poco duende

photo ©Festival de Jerez/ Javier Fergo

Tras el éxito obtenido hace tan sólo unos días con la dirección coreográfica del espectáculo ‘La Celestina’ del bailaor japonés Shoji Kojima, Javier Latorre se presentó en el Teatro Villamarta con su propia compañía para exhibirnos ‘El Duende y el Reloj’, una propuesta -basada en la novela de Philippe Donnier que da título a la propia obra- que no cuajó ni conectó con el respetable salvo en momentos puntuales como la farruca de Cristian Lozano o los fandangos del propio Latorre. El motivo, quizás el enfoque didáctico. Quizás la excesiva duración –todavía no entendemos el motivo de un pequeño parón técnico que despistó a la audiencia-. Quizás la reiteración. O los livianos textos solventados a base de monólogos y diálogos pareados. Ya que el espectáculo hace un recorrido por el “reloj flamenco” para ir desentrañando los distintos secretos del compás y las principales familias que componen el frondoso árbol de lo jondo. Desde un punto de vista más pedagógico que dancístico. Un encuadre más propio de una conferencia que de un espectáculo. Y, por supuesto, más propio de otro espacio escénico que de las tablas del Teatro Villamarta. Eso sí, es una obra dirigida a todos los públicos.

Pero esto no quiere decir que la idea original estuviera equivocada. Aunque lo cierto es que el resultado final no terminó de cautivar a un público que en ciertos pasajes se divirtió y en otros tantos tiró de reloj porque necesitaban “más ritmos, más compases, más variaciones…” Faltó ese “big-bang” que aparece reflejado en la sinopsis del espectáculo. Y sobraron demasiadas “combinaciones”.

Karen Lugo encarnó camaleónicamente al duende. Un ente afable, bonachón, danzarín, dormilón…Sobre la bailaora mexicana recayó el conductum del espectáculo. Unas veces de narradora, otras de bailaora, otras veces aprendiz, otras veces directora, de maestra… Hablando de los compases binarios, ternarios, de amalgama,… y explicando los entresijos de palos tan significativos como la soleá, la seguiriya, los tangos, la farruca, los tanguillos, y así un largo etcétera de estilos como las alegrías o la guajira. Todo ello apoyado visualmente por proyecciones en las que aparecía un inmenso reloj, se apuntaban gráficos, o incluso se esbozaba al propio duende bailando por guajira. En directo y en off. Dependiendo del momento o del instante. En grupo, en pareja, en cuartetos o en solitario. Con apuntes del maestro Latorre que interpretaba al personaje de Dalí. Y que nos deleitaba con pequeñas pinceladas hasta que danzó por fandangos. Mucho reloj, pero poco duende.


Carlos Sánchez, le 03/03/2011

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